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Terra
La Coctelera

Capítulo I: Una coraza de papel celofán

Un rostro inexpresivo, una mirada vacía y un velo gris, eran el ajuar con el que la Princesa se vestía cada mañana. Refugiada en sus labores como queriendo escapar del mundo, la joven heredera pasaba los días convencida de haber encontrado el remedio a su infelicidad.

De verdad no le quedaba mucho tiempo para pensar. Se había entregado a olvidar, refugiándose en jornadas extendidas que agotaban su energía, al concentrar todos sus esfuerzos en complacer las peticiones de los plebeyos.

La Princesa no tenía tiempo para darse cuenta de que no era feliz. O estaba tan segura de ello, que intentaba mentirse a sí misma para ocultarse de la tristeza. Había decidido recubrir de acero su corazón para evitar que la hirieran de nuevo.

Poco a poco logró su cometido: se transformó en un ser tan gris, que prácticamente pasaba inadvertida entre la muchedumbre. Y la vida también le pasaba a ella, aunque por su terquedad se negara a vivirla.
Pero los planes de la Princesa estaban a punto de cambiar. Por más que se aseguró que de acero era su coraza, el recubrimiento resultó ser demasiado frágil ante la fuerza que atacó sin aviso su joven corazón: el amor.

Capítulo II: La energía de las almas

Llegó sin aviso y sin invitación. Estaba allí delante de ella, desde hacía bastante tiempo, quizá desde la eternidad, pero en ese momento había decidido atacar. De nada sirvieron las promesas auto-realizadas: estaba atrapada. No pudo resistirse al impulso. Una fuerza superior la arrastraba, una energía que brotaba de su alma, dictándole cada paso a seguir.

La mirada, la voz, el olor, la fuerza, el carácter... todo la atraía. Estaba allí desde hace tiempo, pero ella no lo había notado. Él no la veía tampoco. Parece que ni siquiera sabía que ella existía. La Princesa comenzaba a desesperar... Señales, gestos y piropos parecían no ser suficientes. Pasaban semanas y el Príncipe seguía inconmovible.

El milagro se hizo esperar. Pero cuando el Universo lo dispuso, todo, absolutamente todo se alineó para que se diera el feliz reconocimiento. El Príncipe comenzó a notar la existencia de la Princesa, y ella, emocionada al notar el cambio, se fue despojando del velo gris que la cubría.

Los plebeyos parecían no existir. El Reino era exlusivamente de los dos. La unión era inevitable, todo fluía con la energía que brotaba de sus corazones. El amor tenía su trinchera en el corazón de la Princesa, y comenzaba su expedición a los dominios del despistado Príncipe. El destino ahora pintaba diferente.

Capítulo III: Un sentimiento inexplicable

Dicen que las almas que se conocieron y amaron en el pasado reencarnan en el futuro. Aunque no recuerden sucesos de sus vidas pasadas se sentirán fuertemente atraídas. Se supone que en cada nueva reencarnación el amor se profundiza y poco a poco va creciendo para ser cada vez menos egoísta, más desinteresado hasta que después de muchas, muchas vidas, es perfecto.

Quizá eso explique lo que sentía la Princesa. Se enamoró perdidamente del Príncipe, de una manera inexplicable, de una forma inconfesable y de un modo contradictorio. Con sus variantes estados de ánimo y sus constantes cambios de humor, lo amaba.

A pesar de los plebeyos que no comprendían, con la incoherencia de algunos de sus actos, y las complicaciones de algunas de sus acciones, lo amaba. Simplemente, lo amaba con la conspiración del deseo, y aun cuando no le decía que lo amaba, ya lo estaba amando.

La Princesa temía asustar al Príncipe si le confesaba sus sentimientos. Y es que no quería que pareciera nada distinto de lo que era: una confesión a corazón abierto, con la pureza y la transparencia de un sentimiento que le inspiraba. Sin esperar nada a cambio, sin presiones, sin que le generara ningún conflicto, sólo expresarle el grito de su corazón, porque le parecía egoísta no expresárselo.

Capítulo IV: El alma se confiesa

Apartando sus miedos, la Princesa se atrevió a confesar todo lo que sentía la Príncipe: "si busco razones por las que te amo, me vienen a la mente miles de cosas, empiezo a pensar que te amo por tus dudas, por tus cavilaciones, por tus locuras, por tus gestos, porque sin estar siempre estas a mi lado, porque me alegran tus alegrías y me angustian tus penas, porque te siento cada día y siento tus emociones y pesares, porque sueño contigo, sueño tus sueños y comparto los míos, porque cada día que pasa se que eres lo que quiero, se que eres para mí..."

Desde lo más profundo de su alma, continuó convencida:"Te amo con un cuerpo que no piensa cuando se entrega ti, con un corazón que no razona cuando el deseo lo envuelve, con una cabeza que no coordina ni palabras ni acciones, y es que nada más te amo incomprensiblemente y sin preguntarme porque te amo, sin importarme porque te amo, sin cuestionarme porque te quiero, sencillamente porque te amo y yo misma no sé porque te amo".

El Príncipe solo miraba. La Princesa no podía contener más sus sentimientos y no paraba de explicarlos. "En fin, te amo por tantas razones, grandes y pequeñas, todas maravillosas. Te amo por todas tus cualidades especiales, que le dan significado a mi vida, por esos silencios, por esos momentos en que tus ojos y brazos me dicen todo lo que deseo saber. Te amo porque lo hago, porque ahora en la parte más profunda de mi corazón, en un lugar donde no había nada antes, en un espacio que no conocía ese sentimiento, ahora hay amor y es gracias a tí".

El Príncipe no respondió con palabras a la declaración de la Princesa... Pero sus besos, sus caricias y la pasión con la que a ella se entregaba, eran la respuesta de un alma que parecía gritar un "Te amo" que su boca no se atrevía a pronunciar.

Capítulo V: El miedo como refugio

Por más que sus almas se entendían perfectamente, que sus cuerpos se comunicaban con caricias, que sus besos quemaban sus corazones, el apuesto galán continuaba dudando del amor. El Príncipe se protegía de sus sentimientos tras la coraza mucho más difícil de vencer: el miedo.

Aturdida por el silencio del Príncipe, y descifrando duda en su mirada, la Princesa continuó desnudando su alma enamorada: "En el fondo de mi corazón llevo a cabo un plan para amarte más y mejor, sin reflexionar, inconscientemente, involuntariamente, por instinto, por impulso, irracionalmente. Porque en efecto no tengo argumentos lógicos, ni siquiera improvisados, para explicar este amor que siento por ti, que fue surgiendo misteriosamente de la nada y que poco a poco se ha ido apoderando de mi alma, de mi mente, de mi tiempo, de mis sueños, mis pensamientos y mi corazón, hasta transformarse en esto que siento y que me mueve a decirte simplemente que te amo".

La Princesa, amándolo con locura, y gritando su amor a los cuatro vientos, invertía sus días y sus noches en diseñar la estrategia perfecta para salvar a su Príncipe de la fría soledad. Pero es muy difícil rescatar a quién se resiste a ser rescatado.

Capítulo VI: Apostar todo, es ganar seguro

Había sufrido y mucho. Quizá también había hecho sufrir. Le pesaban los errores, traía cargas que no terminaba de liberar. El Príncipe se refugiaba en el silencio de la soledad como una opción de vida, que aunque alejándolo del amor, sentía lo protegía de tanto dolor.

Pero por más que lo intentara, no podría dejar de amar nunca. Bien dicen que el ser humano ama porque el amor forma parte de la energía aglutinante del infinito, porque es una necesidad del alma que necesita expresarse para no morir, y porque es parte activa de la expansión y el brillo de Dios en cada una de sus criaturas.

Quizá la Princesa había llegado tarde... o más bien llegó en el momento justo. Lo cierto es que lo único que deseaba con todo el corazón era que la vida le regalara al Príncipe la dicha de enamorarse de nuevo profundamente y sin temores, aunque ese amor no fuera para ella. Lo quería, lo amaba como nunca se había atrevido, y lo que más feliz la haría en esta vida era saber que su Príncipe podría disfrutar del amor sin mayor expectativa que el propio amor.

Y es que, mi Príncipe, nadie puede garantizarnos la felicidad, pero al menos al intentar conquistarla, no nos deberemos a nosotros mismos como seres individuales, el no haber luchado hasta el final.

Que no quede de nuestra parte el vacío. Porque si al final del camino de verdad nos espera la felicidad eterna, la disfrutaremos, y si no llegamos de la mano, al menos nos quedará la satisfacción del trayecto compartido, con la certeza de que lo apostamos todo por conquistar la plenitud que envuelve al amor. Es la única oferta que puedo hacerte. Y esa es una genuina promesa de paz.