Un rostro inexpresivo, una mirada vacía y un velo gris, eran el ajuar con el que la Princesa se vestía cada mañana. Refugiada en sus labores como queriendo escapar del mundo, la joven heredera pasaba los días convencida de haber encontrado el remedio a su infelicidad.
De verdad no le quedaba mucho tiempo para pensar. Se había entregado a olvidar, refugiándose en jornadas extendidas que agotaban su energía, al concentrar todos sus esfuerzos en complacer las peticiones de los plebeyos.
La Princesa no tenía tiempo para darse cuenta de que no era feliz. O estaba tan segura de ello, que intentaba mentirse a sí misma para ocultarse de la tristeza. Había decidido recubrir de acero su corazón para evitar que la hirieran de nuevo.
Poco a poco logró su cometido: se transformó en un ser tan gris, que prácticamente pasaba inadvertida entre la muchedumbre. Y la vida también le pasaba a ella, aunque por su terquedad se negara a vivirla.
Pero los planes de la Princesa estaban a punto de cambiar. Por más que se aseguró que de acero era su coraza, el recubrimiento resultó ser demasiado frágil ante la fuerza que atacó sin aviso su joven corazón: el amor.