Había sufrido y mucho. Quizá también había hecho sufrir. Le pesaban los errores, traía cargas que no terminaba de liberar. El Príncipe se refugiaba en el silencio de la soledad como una opción de vida, que aunque alejándolo del amor, sentía lo protegía de tanto dolor.
Pero por más que lo intentara, no podría dejar de amar nunca. Bien dicen que el ser humano ama porque el amor forma parte de la energía aglutinante del infinito, porque es una necesidad del alma que necesita expresarse para no morir, y porque es parte activa de la expansión y el brillo de Dios en cada una de sus criaturas.
Quizá la Princesa había llegado tarde... o más bien llegó en el momento justo. Lo cierto es que lo único que deseaba con todo el corazón era que la vida le regalara al Príncipe la dicha de enamorarse de nuevo profundamente y sin temores, aunque ese amor no fuera para ella. Lo quería, lo amaba como nunca se había atrevido, y lo que más feliz la haría en esta vida era saber que su Príncipe podría disfrutar del amor sin mayor expectativa que el propio amor.
Y es que, mi Príncipe, nadie puede garantizarnos la felicidad, pero al menos al intentar conquistarla, no nos deberemos a nosotros mismos como seres individuales, el no haber luchado hasta el final.
Que no quede de nuestra parte el vacío. Porque si al final del camino de verdad nos espera la felicidad eterna, la disfrutaremos, y si no llegamos de la mano, al menos nos quedará la satisfacción del trayecto compartido, con la certeza de que lo apostamos todo por conquistar la plenitud que envuelve al amor. Es la única oferta que puedo hacerte. Y esa es una genuina promesa de paz.
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